Cada “me gusta” en una publicación, cada visita en un vídeo y cada nuevo seguidor cuenta. Eso es algo que saben bien quienes se dedican a crear contenido. Cuando internet estalló y nos sumergimos en la era digital, el mercado publicitario se dio cuenta de esto también: más clics era sinónimo de más ingresos. Había perfiles que, de forma orgánica, eran capaces de amasar todo ese feedback, ese amor de los usuarios. Sin embargo, otros no tenían tanto poder de atracción. Y se buscó la manera de inflar las métricas más rápido.
Los primeros casos que se hicieron visibles en prensa y trabajos académicos aparecieron en Asia, principalmente en países como China, India, Bangladesh, Indonesia y Filipinas. La razón fundamental era la mano de obra barata: cientos de miles de personas delante de un ordenador haciendo cada segundo tareas digitales repetitivas como ver un vídeo, dar likes o registrarse en una plataforma para seguir una cuenta. Pero la tecnología, una vez más, relevó el trabajo humano: las manos haciendo clic se convirtieron en bots y programas automatizados que hacían la misma labor. El problema fue que plataformas y anunciantes no tardaron en detectar esos patrones fraudulentos sistematizados.
Para evitar bloqueos, aparecieron infraestructuras con dispositivos físicos. En el imaginario colectivo son algo así como una fábrica oscura, llena de lo que en la jerga tecnológica se conoce como racks —básicamente una estantería metálica diseñada para guardar y organizar aparatos electrónicos— que albergan cientos de miles de smartphones trabajando sin descanso. Son conocidas popularmente como «granjas de clics». Aunque inicialmente su labor se limitaba a engaños relacionados con la popularidad de un contenido, el auge del cibercrimen hizo que este tipo de sistema se utilizara también para las estafas digitales, campañas de suplantación y operaciones de manipulación informativa.
Ahora, por primera vez en España, se ha desmantelado una infraestructura tecnológica con capacidad para enviar cada día 2,5 millones de SMS y realizar miles de llamadas fraudulentas. No buscaba inflar métricas, sino estafar a ciudadanos haciéndose pasar por bancos o por la policía para obtener datos bancarios y vaciar cuentas.
Para lograr un despliegue así no hacía falta un ejército de celulares sueltos, sino máquinas conocidas como SIMBOX que funcionan como si fueran decenas de teléfonos simultáneamente. Los miles de tarjetas SIM incautadas permitían cambiar el número de origen en cada mensaje o llamada, dificultando su rastreo. Ordenadores y software de automatización controlaban todo desde un solo punto. En la práctica, era una centralita moderna pensada para delinquir a gran escala.
Este incidente no solo pone de manifiesto la sofisticación de estas infraestructuras, sino también que su uso va mucho más allá de inflar likes: pueden convertirse en herramientas operativas de estafa masiva y suplantación de identidad.
Qué son realmente las granjas de móviles
El término «granja de móviles» se ha popularizado para referirse a instalaciones donde operan decenas, cientos o incluso miles de teléfonos conectados y controlados de forma coordinada. Cada dispositivo funciona con su propia tarjeta SIM y se gestiona mediante software para simular comportamientos humanos en internet, como dar ‘me gusta’, ver vídeos, hacer scroll o interactuar con servicios digitales.
Este tipo de actividad puede alterar significativamente las métricas de una plataforma porque cada teléfono actúa como un usuario único. Estos dispositivos no solo realizan tareas repetitivas, sino que su actividad imita tan bien a la de usuarios reales que las plataformas digitales tienen dificultades para diferenciar tráfico auténtico de tráfico generado artificialmente. Además de métricas comerciales, estas infraestructuras pueden influir en la percepción pública. Las granjas de celulares se han usado para intentar manipular la opinión pública o amplificar relatos en redes sociales, aunque demostrar estos usos no siempre es sencillo.
Las granjas de teléfonos no son lo mismo que las granjas de bots, que también se utilizan para generar interacciones falsas en internet. Los bots son cuentas automatizadas o semiautomatizadas que replican contenido en redes sociales, dan respuestas programadas o interactúan con publicaciones. A diferencia de un ejército de bots —que son programas de software sin dispositivo físico—, las granjas de teléfonos simulan interacciones humanas más creíbles y pueden operar en plataformas que restringen o bloquean a los bots.
Según la Guardia Civil española, la red desmantelada incluía 35 SIMBOX industriales con más de 865 módems GSM, millones de mensajes SMS y llamadas fraudulentas difundidos simultáneamente, más de 60.000 tarjetas SIM —muchas activas y otras listas para uso inmediato— y operaciones desde varios puntos de Barcelona, incluidos un bar que servía de fachada.
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